Nuestra Historia

América Solidaria nació a fines de los años 90 con la convicción de construir una América más justa desde la acción y el compromiso con las comunidades. Nuestro origen se remonta a 1998, durante el Encuentro Continental de Jóvenes en Santiago de Chile, donde miles de jóvenes latinoamericanos realizaron una colecta destinada a apoyar a las comunidades más excluidas del continente. Ese gesto marcó nuestro primer compromiso con Haití.

Primeros Años

Tras años de gestiones y aprendizajes, en 2002 enviamos nuestro primer equipo de voluntarios médicos a Puerto Príncipe y se constituyó formalmente la fundación en Chile. A partir de entonces, el voluntariado profesional se convirtió en el motor de nuestra labor, llegando a República Dominicana, Argentina, Nicaragua, Colombia, Perú, Bolivia y Ecuador.

Internacionalización

En 2009 iniciamos un proceso de internacionalización con la apertura de la oficina de Colombia, adoptando una estructura colaborativa con autonomía local. Ese mismo año comenzaron los primeros proyectos en Chile con voluntarios internacionales. En 2010 se abrió la oficina en Haití, con un equipo local que impulsó nuevos proyectos tras el terremoto que afectó al país.

Con el tiempo, América Solidaria se consolidó como una red continental. Se abrieron oficinas en Perú, Argentina, Uruguay, Estados Unidos y México, mientras Chile se independizó como oficina local y se creó una oficina internacional para coordinar el sistema. Hoy contamos con presencia institucional en 8 países y desarrollamos proyectos en 12 territorios del continente. Más de 950 profesionales han participado en cerca de 200 proyectos, aportando al desarrollo de más de 24.000 niños, niñas y jóvenes cada año.

Actualmente

En los últimos años hemos profundizado nuestro enfoque en la participación protagónica de la niñez y adolescencia, convencidos de que no basta con proteger sus derechos: es fundamental promoverlos y asegurar espacios donde puedan ejercerlos. Trabajamos junto a escuelas, organizaciones territoriales y organismos internacionales para impulsar programas que permiten a niños, niñas y adolescentes proponer soluciones, fortalecer habilidades socioemocionales, desarrollar liderazgo y participar en las decisiones que afectan sus comunidades.

Este camino nos ha demostrado que la niñez tiene una capacidad transformadora que supera cualquier expectativa adulta. La participación no solo es un derecho: es una herramienta que fortalece la convivencia, mejora la autoestima, impulsa la toma de decisiones informada y contribuye a procesos democráticos más representativos. Promoverla es también proteger la infancia, especialmente en un continente donde la salud mental adolescente enfrenta desafíos crecientes.